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ANILLOS DEL SEGUNDO IMPERIO

Por: Agustín Escobar Ledesma.

Este anillo con la efigie de perfil de Maximiliano, que ahora llevo en el meñique izquierdo, originalmente estaba en el dedo descarnado del esqueleto de un soldado imperialista francés, encontrado en el fondo de una tumba clandestina en Misión de Chichimecas, comunidad indígena de San Luis de la Paz, Guanajuato.

Danza Kunda Erer, de Misión de Chichimecas, San Luis de la Paz, Gto. Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2021.

Seguramente se están preguntando cómo es que tengo en mi poder tan preciado e histórico objeto del derrotado Segundo Imperio de México, cuya cabecilla fue fusilada aquí, en el Cerro de Las Campanas, a unos metros de Radio Universidad, mi centro laboral desde hace once años.

Personal operativo y administrativo de Radio Universidad. Imagen Internet, 2018.

No me lo van a creer, pero hasta este sitio se escucha la voz de la escultura de piedra de don Benito Juárez, señalando a los queretanos que se preocupen más por la soberanía republicana, siempre bajo los embates de la derecha confesional y la derecha extranjera, que por los trágicos cincuenta años de la loca de Miramar.

Estatua de Benito Juárez García en el Cerro de las Campanas, Querétaro, Qro. Imagen: Agustín Escobar, 2023.

Con un poco de imaginación, en esta ciudad conventual, también es posible oír, todavía, el agudo silbido de las balas republicanas que cegaron las vidas de los traidores de la patria, que fueron pasados por las armas a las siete de la mañana de aquel miércoles 19 de junio de 1867, los hombres de las tres emes, Miramón, Mejía y Maximiliano.

Fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas. Imagen: Internet, 2023.

El que a hierro mata a hierro muere. Un mes antes, el 19 de mayo de 1867, la República también pasó por las armas a otro hombre con la letra eme, el general Ramón Méndez, quien, a su vez, el 21 de octubre de 1865, había fusilado en Uruapan al general José María Arteaga, quien fuera un destacado combatiente en la guerra contra Estados Unidos, en la Guerra de Reforma y en la Intervención francesa, además de haber sido gobernador de Querétaro de 1860 a 1862.

General José María Arteaga. Imagen: Internet, 2023.

En el edificio de nuestra radiodifusora universitaria, también ocurren hechos inexplicables, paranormales, principalmente durante las noches, cuando únicamente se encuentra alguna y algún compañero de trabajo en los controles técnicos.

En ocasiones han escuchado voces que parecen de ultratumba, cuando no hay nadie más en el lugar; han oído puertas que se cierran por si mismas sin ninguna explicación o han visto objetos que se mueven de lugar. Desde que ingresé a laborar aquí, las y los compañeros de la estación mencionan que se trata del ánima en pena de Max, en referencia al malogrado emperador extranjero.

Pero, volviendo al anillo, debo confesar que está en mi poder porque me lo vendió Jaime Martínez Hernández, antiguo camarada que trabajara en lo que fuera el Instituto Nacional Indigenista, INI, de San Luis de la Paz, Guanajuato.

Procesión en Misión de Chichimecas San Luis de la Paz, Gto. Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2021.

Jaime era integrante del grupo de música “Águilas que no se olvidan” que interpretaba sones arribeños, valonas, corridos y canciones en idioma uzá (lengua de la familia otopame, que es la más septentrional del tronco otomangue) y, allá por 2008. Una de las canciones de “Águilas que no se olvidan” es “La Lupe”, que describe la migración de las mujeres chichimecas a Ciudad de México, en donde no sólo encuentran desprecio, racismo y clasismo, sino que es un lugar de aculturación porque pierden su idioma y costumbres. Recordemos que, en mayo de 2015, el entonces presidente del Instituto Nacional Electoral, INE, Lorenzo Córdoba, en una actitud de desprecio a los pueblos originarios, se burló precisamente de los chichimecas jonaz, al decir: “Yo, gran jefe Toro Sentado, líder de gran nación chichimeca. No, no, no. Está de pánico, o acabamos muy divertidos o acabamos en el psiquiatra de aquí, cabrón. Pero bueno”.

Niñas y niños de Misión de Chichimecas, San Luis de la Paz, Gto. Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2018.

Cuando realicé una investigación de campo sobre los tesoros queretanos, le pregunté a mi amigo Jaime que, si en la tradición oral de su comunidad existía algún relato sobre el tema, de preferencia de aquellos relacionados al antiguo Camino Real de Tierra Adentro.

Creo que la noche de aquel día, después de un encuentro de músicos tradicionales, no recuerdo si fue mientras tomábamos un mezcal o una cerveza, o ambas bebidas, lo que si tengo presente es que el calor veraniego pegaba con tubo sobre la levítica y conservadora ciudad que albergara gozosa a Maximiliano durante los últimos meses de su vida; imaginen mi emoción cuando Jaime dio santo y seña, de cómo él y otros integrantes chichimeca-jonaz (quienes se autodenominan éza’r) habían encontrado en una fosa clandestina, un anillo del Segundo Imperio Mexicano.

En aquella ocasión mi amigo me dejó anonadado con el relato, enfatizando que cuando fuera a San Luis de la Paz, me invitaría a su casa, para mostrarme el tesoro que él resguardaba celosamente.

Después del encuentro de músicos tradicionales en el que “Águilas que no se olvidan” interpretaron algunas canciones propias de la inspiración de Jaime, éste regresó al agreste noreste guanajuatense y yo quedé imaginando aquel anillo que, seguramente tenía un gran valor histórico. Sin embargo, los meses y los años pasaron y, como no volví a encontrar a mi amigo, olvidé el tesoro aquel.

Después, tal vez cuatro o cinco años más adelante, cuando acordé una entrevista con un grupo de escritores bilingües chichimeca-jonaz-castellano, mi memoria se reactivó y, antes de ir a Misión de Chichimecas marqué al teléfono de la delegación del INI, para decirle a Jaime que iría a su tierra, para que me permitiera ver la sortija del barbón de Habsburgo, personaje por el que las mujeres criollas de la crema y nata de la sociedad local suspiraron ansiosas, con el noble fie de mejorar la raza, en tanto que los varones no se quedaban atrás y le tendían la alfombra.

Una vez en San Luis de la Paz, pasé a la oficina de Jaime, lugar en el que tenía diferentes objetos, unos viejos y otros antiguos, pertenecientes a la cultura chichimeca-jonaz; entre otros, recuerdo una pequeña escultura, colocada en lo alto de un casillero, tallada en madera de mezquite, que representaba a una mujer indígena de rebozo que mostraba un rostro duro, cuya mirada punzaba cual espina de cardón; su gesto era seco, como las tierras áridas en las que fueron confinados los habitantes originarios de Aridoamérica que estuvieron a un pelo de rana calva, de chingarse a los invasores españoles, a mediados del siglo XVI, en la llamada Guerra Chichimeca que duró de 1547 a 1600.

En otra de aquellas ocasiones en las que platicaba con Jaime, bajo la fresca sombra de algún huizache o mezquite, en medio del solazo que pegaba en las áridas tierras se Misión de Chichimecas me dijo que, a él y otros habitantes de aquella comunidad indígena, cuando por las tardes se emborrachaban, después de varias horas de caguamear, les daba por remontarse al cerro del Águila para ir de cacería por las noches, llevando consigo lámparas sordas, resorteras y, a veces, una escopeta.

Se perdían toda la santa noche entre las nopaleras todavía pedos, para regresar a sus casas por la mañana cuando el sol se adivinaba en el oriente. A la luz del día se daban cuenta que quienes se habían remontado al cerro, estaban manchados de sangre de la boca, las manos y la ropa, sin recordar por qué, o qué habría pasado para estar en tales condiciones.

Ritual a la primavera, Misión de Chichimecas, San Luis de la Paz, Gto. Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2016.

Sangre de ellos no era, la única explicación que encontraban, y se daban, es que, seguramente, bajo el influjo del alcohol, habían matado algún conejo, una víbora, un tlacuache o algún otro animal y que entre ellos no había sido un zorrillo porque no habrían soportado la peste.

También me decía que era como si hubiesen entrado a un trance hipnótico que los había llevado a recuperar y revivir a una de las actividades esenciales y primordiales de sus antepasados chichimecas, quienes, durante cientos de años habían vivido de la caza y la recolección en estas tierras antes que les fueran arrebatadas, primero por los criollos y después por los mestizos. Y es que los chichimecas, para sobrevivir en el árido semidesierto, mataban a los animales y chupaban la sangre; además, tenían una puntería endiablada

porque desde niños eran entrenados con honda, arco y flecha y, cuando no tenían ninguna de estas armas, cazaban a pedrada limpia. Recuerdo que, durante mi niñez, en la escuela primaria tuve a un compañerito que era de Soriano, en la cabecera municipal de Colón con quien, a veces, iba por las tardes a matar pájaros entre el monte y, era tan hábil que, donde ponía el ojo, ponía la piedra y no había ave que no cayera abatida.

Y es que, aunque él seguramente no lo sabía, provenía de una antigua concentración de chichimecas, tal y como lo fue la Misión de Soriano y, su instinto y entrenamiento de sus antepasados en la caza, prácticamente lo llevaba en su ADN. Por supuesto que en aquella época yo también ignoraba el porqué de su puntería, lo que me provocaba una inmensa envidia que me duraba toda la tarde y noche, porque, mientras en su casa cenaban pájaros asados, en la mía únicamente había lo de siempre.

Pero, volviendo a la oficina de Jaime, desde entonces, el gesto de aquella figura de mujer lo llevo impreso en mi memoria de manera indeleble, tal vez porque me recuerda a mis antepasados otomíes y chichimecas, a quienes les impusieron un dios, un idioma, una religión y una cultura completamente ajenas a estas tierras.

En una esquina de la oficina de Jaime tenía algunas piedras con formas caprichosas que encontró en las candentes tierras semidesérticas, así como algunas herramientas de labranza, manufacturadas con la dura madera de mezquite, utilizadas en el pasado reciente por la gente de Misión de Chichimecas.

Pero, como imaginarán, a mí, lo único que me interesaba era el anillo del maldito invasor que se autoproclamó Segundo Emperador de México, pero mi amigo explicó que el valioso objeto no lo tenía ahí, en su centro laboral, porque, temía que se le fuera a perder o se lo robaran y por eso lo atesoraba en un lugar seguro de su casa.

Por la emoción, el corazón me latió desenfrenado como burro sin mecate de camino a la vivienda de Jaime, una vez en su casa, lo esperé afuera, a bordo del vehículo en el que llegué a la ciudad de los ludovicenses; mi amigo reapareció con un pañuelo rojo en las manos, del que desenvolvió el anillo dorado que me mostró orgulloso, dijo que las veces que él lo había usado le dejaba el dedo manchado de verde, porque era de una aleación que tenía más cobre que oro y, en la parte superior tenía engarzada y sostenida con ocho ganchos una moneda de oro de trece milímetros de diámetro, con el relieve del perfil de un apuesto hombre blanco, joven y barbado, con la leyenda, en mayúsculas: Maximiliano Emperador.

Anillo con la efigie de Maximiliano. Imagen: Facebook Jaime Zúñiga, 2023.

Como en mis investigaciones periodísticas no dejo nada a la deriva y ningún dato al margen, aquel mismo día le dije a Jaime que si me lo permitía, le grabaría cómo fue que encontró la sortija, en una breve entrevista fechada el 2 de febrero de 2012 que a continuación les comparto:

«Desde hacía muchos años que los ancianos de Misión de Chichimecas decían que en este lugar sus antepasados chichimecas habían apresado y colgado de un mezquite a unos soldados franceses que habían pasado por este lugar. Cómo nadie reclamó los cadáveres, los chichimecas hicieron un hoyo en la tierra junto al mezquite en el que habían sido colgados y los enteraron tal y como habían muerto, con uniforme y con sus pertenencias y que tal vez lo único que les interesó de aquellos soldados fueron sus armas, fusiles, bayonetas, espadas y cuchillos. Después que Jaime puso la sortija en mis manos, ya fuera de la entrevista grabada, le pregunté si me vendía el anillo y dijo que sí, además, con seriedad, esbozó unas palabras que me conmovieron por la confianza en mí depositada: “Sé que contigo este anillo quedará en buenas manos, porque seguramente escribirás la historia que le corresponde”, eso expresó ante mi sorpresa e incredulidad.

Nosotros los chichimecas tenemos la creencia que en el lugar en el que sale una llamarada o lumbre, ahí hay algo enterrado, un tesoro. Eso decían nuestros antepasados, decían que había dinero. A nosotros nos dijo un viejito que cerca de la capilla de Señor Santiaguito, en Misión de Arriba, a veces, en las noches, salían unas llamaradas.

Desde hacía muchos años, la gente de Misión de Arriba decía que cerca de la capilla de Señor Santiaguito había un tesoro escondido, por lo que durante días estuvimos vigilando ese lugar. Y así, un día de mayo, a eso de las ocho de la noche, creo que fue en el año de 2002, en el que andábamos borrachos, uno de nuestros amigos vio una llama que salía por momentos y desaparecía. Entonces decidimos escarbar. La tierra no estaba muy dura y después de hacer un hoyo de más de un metro encontramos huesos, pero ya estaban todos deshechos.

La que estaba mejor preservada era la cabeza que todavía tenía cabello y nos dimos cuenta que era un esqueleto humano. Por supuesto que nos dio harto miedo, pero fue más grande nuestra curiosidad en saber qué más podríamos encontrar en el hoyo y seguimos escarbando, apenas alumbrados por la luz de una lámpara de pilas. El esqueleto tenía en uno de los dedos de la mano un anillo, que estaba todo oxidado, pero alcanzamos a ver que era la figura de Maximiliano.

Entre la tierra también encontramos ropa, lo que seguramente fue una chaqueta, pero toda deshecha, podrida. También encontramos balas muy grandes, como de máuser. Desde hacía muchos años que los ancianos de Misión de Chichimecas decían que en este lugar sus antepasados chichimecas habían apresado y colgado de un mezquite a unos soldados franceses que habían pasado por este lugar. Cómo nadie reclamó los cadáveres, los chichimecas hicieron un hoyo en la tierra junto al mezquite en el que habían sido colgados y los enteraron tal y como habían muerto, con uniforme y con sus pertenencias y que tal vez lo único que les interesó de aquellos soldados fueron sus armas, fusiles, bayonetas, espadas y cuchillos.

Después que Jaime puso la sortija en mis manos, ya fuera de la entrevista grabada, le pregunté si me vendía el anillo y dijo que sí, además, con seriedad, esbozó unas palabras que me conmovieron por la confianza en mí depositada: “Sé que contigo este anillo quedará en buenas manos, porque seguramente escribirás la historia que le corresponde”, eso expresó ante mi sorpresa e incredulidad.

Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2015.

Ahora déjenme decirles que, por mis convicciones ideológicas y políticas, nunca he sido afecto a usar joyas en ninguna parte de mi cuerpo, así sean anillos, pulseras, esclavas, cadenas de oro, plata o algún otro metal precioso. Si acaso, cuando mucho, llevo en la muñeca izquierda algún reloj que me permite ubicarme temporalmente en el espacio ¿Para qué quiero más?

Sin embargo, a partir de 2012, me ha dado por usar, ocasionalmente, en el meñique izquierdo el anillo que, a decir de Jaime Martínez Hernández, está relacionado con la intervención francesa y el Segundo Imperio Mexicano.

Sin embargo, si algo he aprendido en el oficio periodístico es a dudar, puesto que existe un principio básico que, señala, si tu mamá dice que te quiere, compruébalo, porque el hecho que quien haga la afirmación sea nuestra propia progenitora, no necesariamente es verdad.

Así que ¿quién fue en vida el esqueleto enterrado en Misión de Chichimecas? De acuerdo a los señalado por mi amigo Jaime Martínez, quien a su vez hace referencia a la tradición oral de la comunidad indígena, se trató de un soldado francés, sin embargo, también pudo haber sido un soldado belga o suavo, un combatiente imperialista mexicano e, incluso, pudo haber sido alguien que fue ejecutado en una época posterior a la del imperio de Maximiliano.

Sin embargo, pensemos que el suceso ocurrió durante aquella invasión a nuestra patria y, quien nos puede ayudar a entender qué tipo de soldados llegaron a México, es la historiadora Ángela Moyano Pahissa quien, a principios de este siglo, fue enviada por la Universidad Autónoma de Querétaro, a Bruselas para investigar en el archivo y en la biblioteca del Museo Real de la Armada Belga, lo que a la postre se convirtiera en un pequeño pero inédito y bien documentado libro “Los belgas de Carlota. La expedición belga al imperio de Maximiliano” (Pearson, México, 2011).

Página del libro “Los belgas de Carlota. La expedición belga al imperio de Maximiliano”. Foto: Agustín Escobar, 2023.

La autora recuperó algunos de los recuerdos que los soldados y oficiales belgas consignaron en sus diarios de 1864 a 1867, periodo en el que estuvieron en lo que les pareció un “país exótico”; entre los enlistados estaban miembros del ejército, pero también jardineros, obreros, barberos, sastres, cuya misión principal era la de cuidar de la emperatriz Carlota durante su sueño imperial en nuestra atribulada patria. El regimiento belga vivió en ciudad de México, Morelia, Pátzcuaro, Monterrey, Tula y Tulancingo y mantuvo enfrentamientos armados en Tacámbaro, La Loma, Charco Redondo e Ixmiquilpan y, a partir del 1 de octubre de 1863, todos los departamentos del Bajío, hasta Aguascalientes y Zacatecas, pasaron a ser gobernados por el Imperio, hasta que, el 19 de junio de 1867, el Ejército republicano le dio chicharrón a Maximiliano, aquí, en el Cerro de las Campanas, a unos cuantos pasos de Radio Universidad, sitio en el que redacté el presente ensayo.

Portada del libro “Los belgas de Carlota. La expedición belga al imperio de Maximiliano”. Foto: Agustín Escobar, 2023.

Así que, tal vez la tradición oral de Misión de Chichimecas, a través de Jaime Martínez, pudiera estar en lo correcto al señalar que el anillo estaba en la mano descarnada de un soldado francés, porque Misión de Chichimecas quedó en la zona de influencia por la cual transitaron las tropas del Segundo Imperio; además, esa comunidad indígena está a unos cuantos kilómetros de lo que fuera el Camino Real de Tierra Adentro, lugar por el que seguramente transitaron los batallones de los bandos en guerra.

Por lo demás, es obvio que la estadía de la pareja imperial en Querétaro dejó una huella indeleble entre la población criolla queretana que, en aquella época, se sintió protagonista de un anhelado cuento de hadas, tal y como lo describe Jaime Zúñiga Burgos, cronista del municipio de El Marqués y del estado de Querétaro, al hacer referencia a la ostentación mostrada por el séquito imperial:

Una parte de estos objetos valiosos, podían apreciarse públicamente en los acompañantes del Emperador, e incluso muchos de ellos quedaron en Querétaro, como regalos de Maximiliano a distinguidas damas que los conservaron como tesoros muy apreciados. Aquí quedaron abanicos europeos hechos con fino marfil y exóticas plumas de avestruz, auténticas obras de arte decoradas a mano, e incluso el anillo imperial de Maximiliano, que posteriormente -y sólo hasta hace unos cuanto años-, fue donado al gobernador, para que lo entregara al Museo de Querétaro, en donde debe de encontrarse actualmente en resguardo, tal como fue la intención de su donante. (Jaime Zúñiga Burgos, Facebook, 6 de enero de 2023).

Aunque Zúñiga Burgos no consigna el nombre del donador del anillo de Maximiliano, tampoco el nombre del gobernador que lo recibió, ni el año en el que ocurrió la donación, de acuerdo al testimonio de un extrabajador del Museo Regional de Querétaro, la entrega del anillo ocurrió entre 1994 y 1995, por lo que podemos inferir es que el gobernador en aquel momento era Enrique Burgos García, primo de Jaime Zúñiga Burgos.

Sin embargo, el mayor misterio está en la persona que, de manera anónima, donó el anillo ¿Por qué la o el donante tenía en su poder una pieza histórica de gran valor para la historia patria? ¿Cómo fue que llegó a sus manos tal sortija? ¿Cuánto tiempo la mantuvo en su poder? ¿El anillo fue parte de la masa hereditaria de alguna familia queretana? ¿El anillo lo regaló Maximiliano a alguna persona antes de ser fusilado? ¿Acaso dicha joya le fue robada al Archiduque? ¿Se la robaron antes o después de muerto?

Como podemos advertir, las preguntas no tienen fin, sin embargo, lo más importante es que el anillo imperial de Maximiliano está en el Museo Regional de Querétaro, bajo el número de inventario 10-513320 ½ y número de registro 1HMH00032583.

Anillo de Maximiliano. Museo Regional de Querétaro. Imagen: Internet, 2023.

Es un anillo de oro, enmarcado con veintidós diamantes y un monograma con las letras “MIM” en latín, que significan Maximiliano Emperador de México, sobre las que se halla una corona.

Por cierto, ¿sabían ustedes que en nuestro país existen varios anillos imperiales de Maximiliano? Uno de ellos, como ya vimos, está en Querétaro, otro se encuentra en Monterrey y dos más en Ciudad de México.

De los de Ciudad de México, uno está en la colección del Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, de Ciudad de México, que también tiene el monograma del emperador Maximiliano de Habsburgo y está fechado alrededor de 1864.

Anillo de Maximiliano: Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, de Ciudad de México. Imagen: Internet, 2023.

La característica del diseño de este anillo es que está tachonado de diamantes, puesto que está enmarcado por dos círculos de diamantes, el externo con veinte y el interno con treinta y cinco; sobre el monograma y la corona también fueron montados diamantes, así como en los laterales del mismo.

El segundo anillo de Maximiliano en Ciudad de México fue subastado en 2015 por la Casa Morton y, la información difundida por la empresa señala que es un anillo de diamante del siglo XIX, con el monograma de Maximiliano y el áurea águila imperial.

Anillo de Maximiliano. Casa Morton, Ciudad de México. Imagen: Internet, 2023.

La información también señala que el anillo fue elaborado en esmalte a fuego color azul cobalto sobre guillonché, engastado a grano con diamantes y enmarcado por un doble cerco de diamantes de corte antiguo.

Por cierto, el guillonché es una técnica decorativa de grabado en la cual un patrón de diseño repetitivo y complejo es grabado mecánicamente en un material subyacente con gran precisión y detalle.

El cuarto anillo del emperador está en la colección del Museo de Historia Mexicana, de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, cuya ficha técnica señala que es del siglo XIX, mide dos por dos centímetros y que es de oro con incrustaciones de chispas de diamantes.

Anillo de Maximiliano. Museo de Historia Mexicana, de Monterrey, Nuevo León. Imagen: Internet, 2023.

En la página de Internet del museo está una descripción más amplia de la joya que, señala:

El anillo que se presenta fue elaborado para Maximiliano I de México. En un óvalo esmaltado de púrpura está montado en diamantes el escudo imperial, que consiste en el monograma MIM coronado. la joya es similar a otra que se encuentra en la Colección del Castillo de Chapultepec, y ha llegado hasta nosotros, en su estuche original, para recordar un episodio singular del segundo Imperio.

Sobre el origen del anillo el Museo de Historia Mexicana explica:

A finales de noviembre de 1865, la emperatriz Carlota hizo una visita a Yucatán para fortalecer los lazos imperiales con la región. Maximiliano concebía el plan de ampliar el imperio hacia Centroamérica y el Caribe, con la Península como centro de gravitación. Con este objetivo había creado el Comisariato Imperial de Yucatán. Un sector de la sociedad de Mérida, con su elite de hacendados henequeneros, veía con buenos ojos la promesa de ser parte de esta estrategia de política exterior del emperador. El territorio había sufrido los embates del cólera pocos años antes, y vivía fuertes tensiones a consecuencia de la guerra de Castas, conflicto por la defensa de tierras comunales indígenas.

La emperatriz fue recibida con gran entusiasmo y su estancia estuvo llena de festejos y audiencias. Recorrió ferias agrícolas, conoció vestigios mayas y realizó nombramientos honorarios de damas de palacio, chambelanes del emperador, consejeros de Estado y oficiales. En esta visita se supone que haya obsequiado nuestro referido anillo, en nombre de Maximiliano I, al doctor Leandro Rodríguez de la Gala, quien era el gobernador de la mitra de Yucatán.

Y es que, desde el desembarco de Carlota y Maximiliano en el puerto de Veracruz, el 28 de mayo de 1864, por los lugares que pasaban, daban muestras de ostentación e, incluso, el día que el príncipe de Habsburgo fue fusilado aquí, en el Cerro de Las Campanas, a unos cuantos metros de Radio Universidad, repartió monedas de oro entre los soldados que le dispararon, para que no le tiraran al rostro.

Por supuesto que Maximiliano fue un emperador que mandó acuñar sus propias monedas, tal y como lo consigna el cronista Jaime Zúñiga Burgos.

(…) las monedas con la efigie del Emperador, conocidas como “Maximilianos”, acuñadas en oro puro, circulaban y fueron atesoradas como invaluables recuerdos, sólo visibles al ser utilizadas (en la ciudad de Querétaro) en elegantes bodas como tradicionales “arras”, o en exóticos llaveros, anillos y broches portabilletes, algunas otras más en cadenas de oro, las de mayor tamaño, o como pendientes, las pequeñas conocidas con el diminutivo de “Maximilianitos”. (Jaime Zúñiga Burgos, Facebook, 6 de enero de 2023).

Gracias al anterior texto del cronista Jaime Zúñiga Burgos, es que podemos señalar que el anillo encontrado por Jaime Martínez en la Misión de Chichimecas, es un “Maximilianito”, es decir, una pequeña moneda de oro, empotrada en un anillo.

Lo que Zúñiga Burgos denomina “Maximilianitos”, son arras que, aún en nuestros días, son acuñadas por la Casa de Moneda de México porque en su catálogo de ventas del portal de Internet, aparece la imagen de una pequeña moneda, como la del anillo de la descarnada mano del esqueleto encontrado en una tumba clandestina de Misión de Chichimecas.

Arras Maximiliano. Imagen: Facebook, Juan Antonio Marrero Vázquez, Monedas Antiguas/ Estudio, compra y venta, 2021.

El catálogo identifica las pequeñas monedas bajo el nombre de “Arras Maximiliano”, cuya ficha técnica señala: Clave 7-3634-001-0006, con la siguiente descripción: Réplica del peso Maximiliano de 1.6666 g de oro; 13 milímetros de diámetro; ley 0.9, con un peso de 1.6666 gramos; en el centro del anverso está la efigie de perfil de Maximiliano y, paralelamente al marco derecho, la leyenda “Emperador”, y al marco izquierdo, “Maximiliano”; en el reverso la pequeña moneda tiene el relieve escultórico del águila de República Mexicana.

La Casa de Moneda acuña y vende las trece arras de oro que tienen un valor aproximado de cinco mil pesos, lo que nos da la cantidad de trescientos ochenta y cuatro pesos por unidad, de acuerdo a la información proporcionada por un trabajador de la institución.

Casa de Moneda de México. Imagen: Internet, 2023.

Como sabemos, en los enlaces matrimoniales de la tradición católica, los padrinos de arras entregan trece pequeñas monedas, llamadas arras, que simbolizan la unión de la pareja y el deseo de prosperidad. Al parecer son trece porque doce de ellas simbolizan los bienes de la pareja durante cada uno de los meses del año y la restante, en teoría, es para compartirla con los más necesitados.

Etimológicamente, la palabra arras viene del latín arrha y significa dinero dado en garantía para realizar un contrato o una compra, por lo que, simbólicamente, las bodas católicas, representan eso, la compra o contrato de la mujer que se casa.

Nota: Lamentablemente mi amigo Jaime Martínez Hernández ya no pudo leer el presente texto, dado que falleció a principios de este 2023, al parecer, víctima de la diabetes mellitus, enfermedad que lo mantuvo postrado durante sus últimos años de vida. La última vez que lo vi, fue aquel 2 de febrero de 2012, en su casa de San Luis de la Paz, Guanajuato, sin embargo, cada vez que me pongo el anillo con la efigie de perfil de Maximiliano, lo recuerdo con afecto.

Carrera de caballos en Misión de Chichimecas, San Luis de la Paz, Gto. Imagen: Facebook Misión de Chichimecas, 2015.

SIC mx

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