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JACBOCME Y POYLEMJA, LA HISTÓRICA E INÉDITA LUCHA DESDE EL MÁS ALLÁ POR EL DERECHO A UN SEPULCRO.

Por: Agustín Escobar Ledesma.

Un nopal de rojas tunas se nutre con los huesos de las tumbas de los ohlone, nombre colectivo dado a los amerindios que habitaron la bahía de San Francisco, California, que fueron diezmados y despojados por los colonizadores españoles, mexicanos y estadunidenses, en ese orden.

La simbólica planta que da identidad a los mexicanos, está en la esquina del camposanto de la Misión Dolores o Misión de San Francisco de Asís, fundada en 1776 y que, actualmente, es el edificio más antiguo de la ciudad de San Francisco, porque, incluso, sobrevivió al catastrófico terremoto e incendio de 1906, de aquella urbe que, en sus orígenes, se llamó Yerbabuena.

En medio del pequeño cementerio, junto a la estatua de piedra de fray Junípero Serra, está una choza construida en memoria de los 5700 nativos que fueron sepultados en una fosa colectiva en este sitio que originalmente fue mucho más grande, pero que fue engullido por la inexorable mancha urbana, dejando unos cuantos metros cuadrados en los que están las tumbas de los difuntos blancos.

En el camposanto no existía ninguna lápida en memoria de los habitantes originarios, las placas únicamente señalaban los nombres de los personajes más importantes que fallecieron en este lugar, entre los que se encuentran españoles, mexicanos y estadunidenses.

Tuvieron que pasar 233 años, cuando, en 2009, a iniciativa de algunos de los descendientes de la etnia ohlone, fueron colocadas las dos primeras y únicas lápidas, de madera de secuoya, en memoria de Jacbocme y Poylemja, habitantes primigenios quienes, durante más de dos siglos no tuvieron el derecho a ser honrados con una tumba.

Ambas lápidas están escritas en inglés, porque del idioma nativo, subsisten menos de doscientas palabras registradas. En la primera placa está el nombre de quien se llamó Jacbocme, mujer nacida en Jalquin en 1776 y bautizada el 17 de mayo de 1802, a los 36 años de edad, con el nombre de Obulinda. En la otra están los datos de Poylemja, varón nacido en 1764 en Sactan y bautizado bajo el nombre de Faustino, a los 30 años de edad, el 18 de diciembre de 1804.

Bajo los preceptos de la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica, Obulinda y Faustino, más que unirse en matrimonio, fueron casados y, al igual que miles de nativos de la etnia ohlone, vivieron un infierno desde el momento en el que los europeos, salvadores de sus almas, llegaron a sus territorios.

Durante el virreinato de la Nueva España, de 1769 a 1823, los colonizadores españoles establecieron veintiuna misiones en California, disfrazadas de caridad cristiana que en realidad tenían fines expansionistas para congregar y controlar en ellas a los amerindios que vivían dispersos entre cerros, valles y ríos.

Junípero Serra estableció nueve misiones en la Alta California. Foto: Agustín Escobar.

Nueve de aquellas misiones fueron obra de fray Junípero Serra, siendo la primera de ellas, la de San Diego de Alcalá, fundada por aquel misionero con piel de cordero, porque, como dice Eduardo Galeano, cuando los indígenas abrieron los ojos, ellos tenían la Biblia y los predicadores sus tierras.

Previamente, en Querétaro, Junípero Serra también se había encargado de pacificar el denominado “manchón de gentilidad” ubicado en la Sierra Gorda, lo que, dicho en buen cristiano, significó el sometimiento de los pames chichimecas quienes, después de la caída de la gran México-Tenochtitlan, en 1521, resistieron durante más de 200 años, los embates de los invasores europeos.

Mientras los españoles, entre 1769 y 1804, colonizaban la costa oeste de lo que actualmente es la Unión Americana, las trece colonias británicas, asentadas en la costa este, luchaban por su Independencia, guerra que finalmente ganaron a la Corona inglesa el 4 de julio de 1776, fecha que, a la postre se convirtió en el acta de nacimiento del imperio más poderoso del mundo que, inicialmente, se expandió al resto del territorio norteamericano.

Antes de que llegaran los ancestros de los desarrolladores inmobiliarios a San Francisco, California, de acuerdo a los objetos expuestos en el museo de sitio de la Misión Dolores o Misión San Francisco de Asís, los integrantes de la etnia ohlone, vivían en chozas circulares que únicamente tenían una puerta, construidas con tule rojo en las que dormían entre cuatro y doce personas; también tejían canastos de fibras vegetales de varios tipos y tamaños, pieles de animales, bolsas y herramientas de madera para cultivar y pescar.

Fachada de la Misión Dolores o Misión de San Francisco de Asís. Foto: Agustín Escobar.

En nuestros días, la Misión de San Francisco se conserva tal y como fue edificada. Tiene paredes de adobe en toda su estructura. El padre Cambón, quien dirigió la construcción, utilizó treinta y seis mil adobes y, actualmente, en el piso del edificio están cuatro lápidas que señalan a algunos de los difuntos distinguidos que ahí descansan en paz, por supuesto que ninguno de ellos pertenece a los pueblos originarios de la bahía de San Francisco.

La lápida más antigua es la del teniente don José Joaquín Moraga, fallecido el 13 de julio de 1785 y enterrado en la Misión el 18 de abril de 1791; fue un criollo nacido en Arizona, durante la época virreinal, cuando aquel lugar pertenecía a la Nueva España y, cuando tenía treinta y un años de edad, se le atribuye la fundación del presidio de San Francisco en 1776 y, un año después, también fue fundador de la ciudad de San José.

La única lápida en idioma español al interior de la Misión Dolores o Misión de San Francisco de Asís, es la de la señora Guadalupe Garduño de Noé, fallecida el 15 de junio de 1848, a los treinta y seis años de edad; en la misma tumba están sepultados sus hijos María Concepción, muerta el 21 de octubre de 1853, a los trece años de edad y Espiridión, quien expiró el 18 de marzo de 1861, a los 22 años.

Medallón de bronce en el Barrio Chino de San Francisco. Foto: Agustín Escobar.

La señora Guadalupe fue esposa de José de Jesús Noé, un terrateniente de California, oriundo de Puebla, quien llegó con ella a San Francisco en 1834, cuando aquel lugar pertenecía a México, ocupando diversos cargos administrativos en el gobierno, siendo alcalde de la ciudad.

Sin embargo, Guadalupe falleció al inicio de la llamada fiebre del oro de California y cuatro meses después del tratado Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero, día de La Candelaria, de 1848, con el que se oficializó el despojo del cincuenta y cinco por ciento del territorio mexicano, a manos del gobierno estadunidense.

Guadalupe y sus hijos, si bien nacieron en suelo patrio, sin emigrar, murieron en suelo estadunidense, en una frontera que cruzó a esta familia, que les impuso otro gobierno, otras leyes, otra cultura, otro idioma.

Y es que, cuando la Unión Americana cumplió setenta años de haberse constituido como nación, en 1846, debido a la insaciable expansión territorial con la que nació, primero devoró los vastos y despoblados territorios de su vecino del sur.

Tal vez el personaje más interesante enterrado al interior de la Misión de San Francisco sea quien en vida llevó el nombre de William Alexánder Leidesdorff, quien muriera de tifoidea el 18 de mayo de 1848.

Tumba del primer gobernador de la Alta California. Foto: Agustín Escobar.

William había nacido el 23 de octubre de 1810 en Christiansted, en las actuales Islas Vírgenes de los Estados Unidos, cercanas a Puerto Rico, pero que en el pasado pertenecieron primero a Francia, después a Noruega y en 1917 fueron compradas por Estados Unidos.

Esta notable persona, fue hijo de un judío danés y una mujer caribe de raíces africanas quien, al nacer bajo la corona danesa, primero adquirió la ciudadanía estadunidense, después la mexicana y, ante el levantamiento de la bandera de las barras y las estrellas en San Francisco, en 1846, celebró el Día de la Independencia de Estados Unidos.

Los historiadores estadunidenses lo consideran el primer afroamericano que se convirtió en un comerciante extremadamente rico, a raíz de que el gobierno mexicano le otorgara 147 kilómetros de terreno al que denominó Rancho Río de los Americanos, en donde, en 1846 fue descubierto el metal que detonó la fiebre del oro de California.

Leidesdorff llevó el primer barco de vapor a California, fundó el primer hotel de San Francisco y donó el solar en el que fue fundada la primera escuela pública de California y, actualmente, en el barrio chino de San Francisco, los turistas pueden ver una placa conmemorativa de aquellas aulas que abrieron sus puertas el 3 de abril de 1848, un mes antes del fallecimiento del donador.

Placa conmemorativa de la primera escuela pública de California. Foto: Agustín Escobar

La Legislatura de California considera a William Alexánder Leidesdorff padre fundador africano de California quien, por cierto, después de su muerte, su cuantiosa masa hereditaria fue disputada durante décadas por una serie de oportunistas que aprovecharon que el difunto no sólo murió intestado, sino que, nunca tuvo hijos ni tampoco fue casado. Otra lápida de la Misión es en memoria de Bridget, esposa de John Hooges, fallecida el 17 de enero de 1861, a la edad de 35 años, nativa de Roscommon

Athlone, Irlanda; en el mismo sitio están sus hijos William, nacido el 30 de agosto de 1850 y muerto el 23 de noviembre de 1853 y María, nacida el 7 de febrero de 1855 y fallecida el 27 de noviembre de 1856.

En las tumbas del cementerio de la Misión también están Luis Argüello, primer gobernador mexicano de la Alta California, Francisco de Haro, primer alcalde de San Francisco, así como diversas víctimas de los Comités de Vigilancia de la ciudad.

A raíz de la fiebre del oro, San Francisco se convirtió en una ciudad sin ley, en el que fueron asesinados cientos de amerindios y mexicanos para despojarlos de sus territorios, en donde privaba la ley del más fuerte.

En ese escenario surgieron los Comités de Vigilancia, integrados principalmente por hombres blancos quienes, ante la ausencia o la debilidad de autoridades, tomaron la ley en sus manos decidiendo la vida y la muerte de quienes eran atrapados por ellos, fueron una especie de autodefensas armadas que cometieron todo tipo de atropellos en beneficio propio.

El Papa Juan Pablo II visitó la Misión Dolores o San Francisco, el 17 de septiembre de 1987, después de 211 años de haber sido fundada; un año más tarde, en 1988, beatificó a fray Junípero Serra, en reconocimiento a la labor evangelizadora y a la supuesta defensa de los pueblos indígenas que, en muchas ocasiones, al parecer, lo llevó a enfrentarse con los militares españoles en las diferentes plazas en las que levantó sus misiones.

Después, el fundador de nueve de las veintiuna misiones de California durante la colonización española, en 2015 fue canonizado por el Papa Francisco y, el 24 de junio de 2020, en las protestas de los amerindios de California por igualdad racial, derribaron sendas estatuas de Junípero Serra en Los Ángeles y San Francisco. Sin embargo, la que continúa en pie, es la que está en el Capitolio de Washington, el único español representado en ese lugar.

Camposanto de la Misión Dolores o Misión San Francisco de Asís. Foto: Agustín Escobar.

Mientras, en el panteón de la Misión Dolores o Misión de San Francisco de Asís, está el nopal de rojos frutos que se nutre con los huesos de los sepulcros de la tumba colectiva de los 5,700 ohlone, amerindios que habitaron la bahía de San Francisco, California.

De ellos nadie, ni siquiera los piadosos misioneros colonizadores, les permitieron el derecho a ser recordados con una lápida. Los únicos que, después de más de 200 años de haber fallecido, son Jacbocme y Poylemja, gracias a que sus descendientes, lucharon por su derecho a una tumba con su identidad.

SIC mx

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