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PATÉTICO COMO USTED

Por: Agustín Escobar Ledesma

Cada vez que veo a los rectores, exhibidos en la galería del vestíbulo del auditorio “Fernando Díaz Ramírez” de la Universidad Autónoma de Querétaro, me acuerdo de Agustín Pérez Vilchez, autor de los retratos de José Alcocer Pozo (1958-1959) y Salvador Septién Barrón (1968-1970).

Aunque las pinturas están firmadas con el segundo apellido, Vilchez, en el ángulo inferior derecho, no tienen la fecha en las que fueron plasmadas. Sin embargo, se puede inferir que podría ser de 1988, puesto que el auditorio “Fernando Díaz Ramírez” fue inaugurado en aquel año, siendo rector Braulio Guerra Malo.

Yo había conocido a Agustín, unos años antes, en 1983, en las aulas del entonces Instituto de Bellas Artes, cuando cursé el Bachillerato en Artes Plásticas, teniendo por maestros a Jesús Rodríguez, quien fuera el último representante de la virreinal Escuela Queretana de Escultura; Roberto Servín, ferviente admirador del dictador español Francisco Franco; Eduardo Epardo, quien, para dibujar, cuadriculaba el papel o lienzo; Francisco X. Estrada, quien me enseñó a valorar aSiqueiros, Orozco y Rivera, grandes muralistas; Agustín Rivera, propietario de una ebanistería que manufacturaba muebles tallados en caoba, cedro y otras maderas preciosas; Benjamín López Frías, tallador de madera e imaginero, oriundo de El Pueblito, con quien me inicié en la talla de madera y Jesús Águila Herrera, el mejor pintor acuarelista y al óleo, quien es autor de once de los dieciséis retratos de la galería de los rectores.

En aquellos lejanos y monótonos días, mientras, sentado en un mesabanco con papel y carboncillo en mano, yo intentaba dibujar un jarrón, un cubo o una esfera con luces y sombras, proceso en el que me tardaba horas y horas, Agustín hacía lomismo en un tris y, lo juro por mi madre, la representación en el papel superaba al objeto dibujado. Por supuesto que tanta habilidad concentrada en un solo individuo me hacía sentir como un inútil bueno para nada y, cuando salía de Bellas Artes miraba mis bocetos y mejor los echaba al bote de la basura.

Igual ocurría cuando teníamos clases de acuarela con el maestro Jesús Águila, Agustín, con quien me tocayeaba, es decir, él me decía tocayo y yo también, tomaba un papel fabriano, remojaba el pincel de marta en el agua para llevarlo a los colores de la paleta cromática y, sin dibujo previo, en cuatro o cinco trazos, pintaba un paisaje, el retrato de algunos de nuestros condiscípulos o representaba alguna imagen almacenada en su memoria.

Casi siempre nos señalaba que dibujar y pintar era la cosa más sencilla que existía en el mundo y, lo decía de tal manera que se lo creíamos, porque no lo hacía con aires de superioridad o grandeza, sino, simple y sencillamente,porque así lo sentía, pensaba y vivía. Yo, por más cuidadoso que fuera con mis acuarelas, terminaba empastándolas.

Lo único que tenía en común con mi tocayo, era el nombre, porque él dominaba con precisión la proporción, la perspectiva, el punto de fuga y, a los colores los movía de manera sincronizada, armónica, como el disco de Newton o el arcoíris después de la lluvia. En algunas ocasiones, pintaba al pastel, sobre cualquier tipo de papel empleando únicamente el color del soporte como fondo y un solo gis.

En aquella lejana época, yo vivía solo en un cuarto infecto que rentaba en Allende y, por supuesto, siempre con la ingrata compañía de la atávica pobreza, herencia familiar. Algunos de mis compañeros de Bellas Artes eran Roberto Serrato, quien dibujaba retratos a lápiz de las señoritas pudientes de Querétaro y los publicaba en la sección de sociales de Diario de Querétaro, también dibujaba los rostros de personas difuntas o retratos hablados de delincuentes porque trabajaba en la Procuraduría General de Justicia de Querétaro; Moisés Martínez era un joven muy dedicado y con buen pulso para el dibujo, a quien, miles de años después, reencontré y en 2019 pintó un mural en Radio Universidad; Martina Hernández Morales, de quien, sobre todo, recuerdo su paciencia en sus acuarelas; Víctor Sánchez Bandala también intentó aprender a dibujar y a pintar, pero después se convirtió en periodista y médico tradicional; Armando Silva también hacía retratos y después, al igual que Serrato, también trabajó para la Procuraduría, dibujando retratos hablados.

En especial, de aquellos días, recuerdo un retrato de tres cuartos de mi tocayo, al que tituló, “Patético como usted”, y que pintó sobre papel magenta con un gis amarillo; en unos cuantos trazos representó la cara de un hombre joven con la mirada perdida dirigida al infinito, aunque lo impresionante es que la expresividad de los ojos la logró apenas marcando el contorno y las cuencas, vacías y negras. La profundidad de la mirada, que apenas se adivina, reflejaba una tristeza infinita, como la de alguien sin esperanza en la vida, en el mundo. Entre el pelo alborotado de la persona apenas se advierte el contorno de la oreja derecha, apenas delineada, lo que permite a nuestros ojos, y cerebro, complementarla.

En aquellos años, mientras que yo estaba por arribar al tercer piso, calculo que mi tocayo tendría entre diecisiete y dieciocho años de su edad y, lo que también me llamaba la atención de él es que siempre estaba inquieto, incluso cuando pintaba, parecía que tenía prisa en hacerlo.

El director de Bellas Artes era otro Agustín, Agustín Rivera,quien admiraba la destreza de mi tocayo, aunque siempre le ponía algún pero a sus pinturas y dibujos de depurada técnica, pero creo yo que lo hacía por cierta envidia profesional. En realidad, era tan bueno, que se codeaba con los maestros de tú a tú, e, incluso, los superaba.

Mi tocayo era el prodigio del área de Artes Plásticas ubicada en la plata alta del antiguo e histórico edificio de Bellas Artes situado en la esquina de Juárez y Pino Suárez, cuando en la Plaza de la Constitución, todavía estaba la escultura del barbón de Cuatro Ciénegas, Venustiano Carranza, antes de que arribaran al poder los panistas que la echaron al basurero de la historia.

Así fue como conviví alrededor de tres años con mi tocayo en Bellas Artes y, uno de aquellos días, se convirtió en la comidilla del Instituto. Fue la ocasión en la que el director invitó a mi tocayo al taller de un escultor para que conociera el trabajo y el taller de aquella persona de la que nunca supe el nombre o no puse atención de quién se trataba o bien con el paso de los años lo olvidé. Lo cierto es que aquel día algo le ocurrió a Agustín porque tiró y rompió una buena parte de la obra escultórica del taller y, al parecer, también intentó quemar el lugar.

Después de aquel desastre causado por mi tocayo, no volví a saber de él durante muchos años, hasta que, en cierta ocasión, cuando yo trabajaba en la Unidad Regional de Culturas Populares de Querétaro, ubicada en la planta alta de la esquina de 16 de septiembre y Corregidora, mientras cruzaba el jardín Zenea, lo encontré predicando la palabra del Señor con la sagrada Biblia en mano. Lo primero que pensé es que ya se había hecho aleluyo.

Agustín, a grito abierto, conminaba a la gente que pasaba por el lugar, que se arrepintiera de sus pecados para que les fueran perdonados y no fueran condenados en el juicio finalen el que Nuestro Señor llegaría resplandeciente a salvar la humanidad. Por supuesto que quedé sorprendido, primero, por ver a mi tocayo después de tanto tiempo y, sobre todo, por encontrarlo predicando.

En cuanto me vio, nos tocayeamos, como cuando fuimos condiscípulos en el Instituto de Bellas Artes, nos estrechamos las manos, nos preguntamos que cómo estábamos y, después de unos minutos de breve intercambio de palabras, en el que nos preguntamos si seguíamos pintando, nos despedimos.

En aquella época, tal vez haya sido a finales de la década de los noventa, cuando los milenaristas presagiaban el fin del mundo en cuanto finalizara 1999, casi diariamente yo cruzaba el Jardín Zenea y seguido miraba a mi tocayo en su prédica para salvar a la humanidad de las garras del demonio. Pensé, si eso le ha ayudado a salir adelante en sus problemas que lo aquejaban, qué bueno.

Después le perdí la pista de manera definitiva y lo que ahora queda de mi tocayo, sólo es en mi memoria, su figura delgada y alta, joven, de piel blanca y pelo negro, siempre inquieto, a quien recuerdo con cada vez que veo los retratos de los dos rectores que él pinto y las dos pinturas al pastel que me regaló, una, la que tituló “Patético como usted” y otra sin título que es la representación de un modelo que teníamos en Bellas Artes, el busto de un personaje de la época virreinal.

SIC mx

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