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LAGARTIJAS Y DINOSAURIOS.

Por: Rubem Alves (Teólogo brasileño. + 19 julio 2014)

Hace muchos… pero muchos años, las lagartijas vivían en el bosque.  Eran de muy variados colores: blancas, negras, rojas y amarillas.

Pero en una cosa eran iguales: todas eran pequeñas, y eso era bueno. Cualquier hueco de árbol les servía de abrigo. Cualquier pedazo de hoja o cualquier mosca les bastaba para comer. No les faltaba abrigo, no les faltaba comida. Ser pequeño tiene sus ventajas, se puede sobrevivir con pocas cosas.

En el bosque también vivía el hada protectora de las lagartijas.  Ella les decía lo que tenían que hacer cuando aparecía un problema. Y las lagartijas oían siempre sus consejos, pues sabían que el hada tenía una sabiduría que ellas no poseían.

 – «tengan cuidado con la serpiente», no se cansaba de repetirles.  «Pues las lagartijas son la comida preferida de las serpientes».

       Y con estas palabras les apuntaba a un árbol que crecía en medio del bosque con apetitosos frutos rojos que colgaban de sus ramas.

– «Allá  vive la serpiente, en el hueco de aquel árbol.  Y sus frutos tienen el poder especial de engordar a las lagartijas que se los comen.  De esta forma se transforman en comida de serpiente…»

Las lagartijas amedrentadas,  se quedaban lo más lejos posible del árbol por miedo a la terrible serpiente. Bueno, no todas.  Las lagartijas blancas, igual que las demás, tenían una cosa que las otras no tenían: eran curiosas.  Se morían de ganas de ver  la tan terrible serpiente que, según las palabras del hada, vivía en el hueco del árbol de los frutos rojos.  Y se pusieron a espiarla de lejos para ver cómo era.

Hasta que la vieron y se sorprendieron.  Esperaban una cosa enorme, que las asustara, algo parecido a un dragón.  Pero lo que salió del hueco del árbol fue una cosita pequeña, de apariencia delgada e inofensiva, casi una lombriz de color café. Las lagartijas blancas se morían de risa y vieron luego que una viborita de esas no tenía  boca para comérselas.  El hada había exagerado las cosas. Y decidieron llegar más cerca a fin de conocerla mejor.

– «Buenos días doña Cobra», dijeron ellas respetuosamente.

        – «Buenos días pequeñas lagartijas», respondió la cobra amablemente.

Les impresionó la palabra:  «Pequeñas».  Nunca se habían pensado pequeñitas.  A fin de cuentas, todas las lagartijas eran del mismo tamaño.  En su mundo no había lugar ni para lo grande ni para lo pequeño.

– «¿Quieren comer frutos de mi árbol?».  Preguntó.

– «­ ¡Oh, no! ­ ¡Eso no!» respondieron.  El hada del bosque nos advirtió sobre los hábitos alimenticios de usted señora y nos contó que quien come de esos frutos engorda y se hace comida de víbora…»

       – «¿Yo… devoradora de lagartijas? ­ Ni pensarlo! Soy vegetariana.  Sólo como frutos de mi árbol.  Son mágicos. Quien se alimenta de ellos se hace bonito.  ¿Quieren ver?  Y con estas palabras dio una mordida a un fruto que colgaba cercano.  Empezó a cambiar.  La fea lombriz café se cubrió de colores hasta ponerse como un pedazo de arco iris.

       – ¿Vieron?, preguntó la cobra a las lagartijas que estaban estupefactas.

– «¿No les gustaría ponerse así de bonitas? ­ Todas las demás lagartijas al ver sus colores morirían de envidia!»

       – «Pero eso no es todo, continuó ella,- el fruto rojo tiene también el poder de hacer grande aquello que es pequeño».

Dio otra mordida y la lombriz fue creciendo, creciendo, hasta que su cuerpo se hizo del tamaño del árbol.

– «Ser pequeño, ­ ¡Qué cosa más humillante!»

Las lagartijas blancas se miraban entre sí y les dio vergüenza de su tamaño.

– «Si fueran lagartijas grandes en medio de las lagartijas pequeñas, todas las demás las mirarían a ustedes con respeto.  Ustedes hablarían grueso y las otras obedecerían.  Ustedes serán las reinas de las lagartijas, por su belleza y por su tamaño.»

Las promesas de la cobra encantaron a las lagartijas.  Era eso lo que siempre habían deseado.  Querían ser diferentes.  Querían ser más bonitas.  Querían ser mayores.  Por mucho tiempo habían estado convencidas de que eran, entre todas, las más sabias.  Era justo por tanto, que se transformasen en reinas.  Y sin mayores consideraciones, comieron del fruto rojo que la cobra les ofrecía.

Las transformaciones fueron inmediatas.  Vieron los colores más lindos cubrir su piel blanquizca y sin gracia. «¡Ah, cómo se van a llenar de envidia las otras!», pensaron. Y su cuerpo empezó a crecer.  Ya no eran lagartijas.  Se transformaron en: poderosos lagartos. «¡Ah, cómo seremos temidas y respetadas!», imaginaron.

Se armó un gran bullicio entre las lagartijas cuando las blancas regresaron transformadas en lagartos multicolores.  Como la cobra lo había previsto.  Las pequeñas se murieron de envidia y de miedo.  Y a todo lo que los lagartos decían ellas solo sabían decir «si»

Claro que muchas cosas cambiaron.  Un hueco de árbol ya no les servía como casa.  Un pedazo de hoja o una pequeña mosca ya no les bastaba como comida.  «Son las consecuencias inevitables de nuestra nueva y superior condición», los lagartos consideraron.  «Quien es mejor tiene que comer más».

Y con estas palabras se pusieron a devorar, en una sola comida, lo que todas las otras juntas no se comían en un año entero.

Pero no tenía importancia, el bosque era muy grande y generoso.  Tendría siempre que haber flores y frutos suficientes para todos, lagartijas pequeñas y lagartos grandes.

La cobra había dicho la verdad.  Los lagartos estaban felices. Pero no les dijo toda la verdad.  Los lagartos no sabían lo que les estaba destinado.

¿Qué fue lo que la cobra no les contó?  Pues no les contó que no habría contrahechizo para la magia del fruto.  Quien se lo comía estaba condenado a crecer, crecer, y crecer.

Pero los lagartos ni se asustaron cuando percibieron que no paraban de crecer.

«Cuanto mayor, mejor…» repetían felices, al ver el espanto de las lagartijas, pequeños ridículos animales que hasta les apellidaron de «subdesarrolladas», en comparación a su porte gigantesco.  Todo parecía que se hacía más pequeño en la medida que crecían.  Hasta los pinos, antes enormes, a cuya sombra se abrigaban y de cuyas hojas comían por meses enteros, ahora eran plantas minúsculas que engullían de un solo bocado: eran simples aperitivos para las comidas reales, árboles enteros que devoraban con troncos y copas.

Ahora estaban tan grandes que sus cabezas estaban más altas que el bosque.  Desde su altura veían lo que nunca habían visto: las selvas que se perdían de vista.  Y se congratulaban diciendo: «La comida no tiene fin» Y soñaban el día en que serían tan grandes que alcanzarían las nubes.  Y quien sabe y llegaría el momento en que se comerían la luna y las estrellas.

No. No eran ya más lagartos.  Su inmenso tamaño exigía un nuevo nombre: Dinosaurios. Los más grandes y poderosos animales que han vivido sobre la tierra. Por dondequiera que pasaban aplastaban todo con sus patas enormes: plantas y animales, que huían despavoridos.  Su voracidad iba dejando enormes vacíos en el bosque y donde en otra hora había grandes bosques verdes ahora sólo quedaba tierra árida, enormes manchas de arena, desiertos.

Pero, todo lo que entra por la boca tiene que salir. Cuando eran lagartijas su caca no tenía mucha importancia.  Al contrario hasta servía de abono a las plantas que se ponían más vigorosas.  Las heces de los dinosaurios, mientras tanto, eran verdaderas montañas.  Muchas familias de lagartijas distraídas murieron enterradas cuando un dinosaurio aventaba sobre ellas sus excrementos.  Acidos y malolientes los resultados anales de su voracidad apestaban todo, llenaban las fuentes, ensuciaban los ríos, invadían las playas y los mares, donde los peces flotaban… muertos.

De las montañas de heces de los dinosaurios salían vapores de memoria siniestra y de olor sofocante, haciendo al aire una nube imposible de respirar, gases venenosos que mataban a las aves y a los animales que los respiraban.

Pero los dinosaurios, no paraban.  En la medida que sus cuerpos crecían, también crecían sus estómagos.  Crecían sus bocas.  Crecía su hambre.  Era inútil mirar atrás.  Miraban adelante y avanzaban hacía los bosques que parecían no tener fin. Y así marchaban orgullosos de su tamaño, siempre creciendo, sin darse cuenta que, por infinitos que parecieran los bosques un día llegarían a su fin.

Tardó, pero ese día llegó.  Al frente, a sus costados, por todos lados, sólo había tierra seca.  Los bosques se habían acabado. Su voracidad los había devorado.  Y ahí quedaron muertos los dinosaurios, con sus enormes bocas abiertas, sin tener nada con que matar su hambre.  Su enorme tamaño los había condenado a la muerte.

Las lagartijas continuaban vivas aún.  Pues sus cuerpos pequeños necesitaban de muy poquito para sobrevivir.  Muchas plantas pequeñas que los dinosaurios ni siquiera veían, desde su altura, seguían brotando.  Y eso les era más que suficiente para saciar su hambre de cada día.

Las lagartijas estuvieron presentes en la agonía de los dinosaurios.  Pero no podían hacer nada.  Y no tenían mucho que decir.  Todos lloraban el destino trágico de aquellos que, un día, habían sido como ellas, pequeñas y subdesarrolladas.

Respetuosamente pusieron, sobre la tumba inmensa de los mayores y más poderosos animales que jamás existieron, un epitafio escrito en pequeñas letras y que al parecer desapareció y fue olvidado.

Sus decires rezaban:

«Murieron no por haber sido demasiado débiles, sino por haber sido demasiado fuertes».

En cuanto a la víbora dicen que se mudó. Alguien que estaba cerca de ella la escuchó hablar solita, mientras se arrastraba:

– «Si resultó con las lagartijas, también con los hombres resultará».

Tradujo Prof. Jesús Ramírez Funes. MCCLP. México 1997. LAGARTIXAS E DINOSSAUROS, Edições Loyola, São Paulo, Brasil, 1992. Taller Salud y Naturaleza cristianoscom@yahoo.com Liliana Vázquez Roa 52  442 321 7395.

BRIGRADAS Internacionales de Mujeres Cilia Flores por la Paz, Primer Encuentro, Caracas 8 de marzo 2026 .

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